15th Letter: The offer i didn’t want

EDITOR’S NOTE: The following letter was not published online at ENDI.com

Dear Karina,

Last Monday I turned 71. I have fully entered a decade in which we are called “old,” but I feel strong, happy to have been true to myself. As that famous Frank Sinatra song goes, “What is a man? What has he got?”

I don’t think that at this age it is worth hiding anything from my conscience, nor from my people. Even less from you, my only grandchild.

I know that a good number of compatriots are still asking themselves why I did not accept president Bill Clinton’s offer in 1999 to commute my sentence. I am not unaware that there are people who have used my action to say that I deserve to remain in prison.

I have explained it at other times, but I want to leave it for you in written form: when president Clinton offered to pardon or commute the sentence of some Puerto Rican political prisoners, he offered me freedom if I served ten more years in prison, as long as I maintained good conduct. I rejected the offer. I don’t want you to think that I acted lightly. I meditated on it at length. I thought, in the first place, about the two of you — my daughter and you, Karina — and about the rest of my family, the many dear people who have died without seeing me again. I thought about my country, about the happiness of going home to San Sebastián, the place of my heart’s desire. I also thought about the small things: the walks I would be able to take, the food I would be able to eat, the sea where I would swim, the sun that would warm me, and even the sound of the rainstorms on the island. No one can imagine how different the rain can be from one country to the other. I thought about everything, Karina, I thought about myself and all the time I would be a prisoner. I asked myself if it wasn’t egoism that dominated my conscience. But at the end, this prevailed: A man, although imprisoned, should have the sacred right to choose.

Carlos and Haydeé, my dearest compañeros of struggle, had been excluded from the offer. Both signified so much in my life. We had struggled and grown up together; we had shared so many sorrows and joys and experienced such great challenges, that the sole idea of leaving them behind was intolerable. From childhood I was taught never to turn my back on an injustice, and at the end I could not leave anyone behind. Not in the Vietnam war – I say this with pride – did I abandon a single comrade. Much less would I have abandoned Carlos and Haydeé.

I have always been reserved and it is difficult for me to express my emotions. But all of those youthful years of sharing ideas and dreams created a very strong bond, of indestructible commitment. Their daughter, also named Clarissa, was born in clandestinity. I looked at that child and it broke my heart to think about the uncertainty of her future. So that when I learned that they had been captured, I vowed that their fortune would be mine. If I had accepted president Clinton’s offer, I would have been released in 2009. But every one of those days of every one of those months of every one of those years that I had been in prison, I would have suffered for accepting an opportunity that had not been given to them. Haydeé had been sentenced to life in prison, and everything made me think that Carlos faced a dark future, since he was the only one of us who had been on the “most wanted list.”

Today I assure you that I have never regretted or resented the fact that they later accepted freedom on parole. My soul was full of joy and I rejoiced that they could go home. From the solidarity, friendship, and love that we always had, each one made the decision that s/he believed to be to the most appropriate. They did what they understood to be the best for their lives. I also did what I thought was best for mine. In any case, one has to respect the decisions that each of us makes, given a political moment, life circumstance, or matter of conscience.

I only ask you, Karina, never to judge the others, nor to discredit anyone for the decisions that they make in accordance with their principles. This respect is the basis of the maturity of human beings and their capacity to grow, wherever life puts them — whether inside the prison or outside of it. In my case, the decision not to accept that offer let me live in peace. And since we all have to die — although I never think about that — when the time comes, that decision will let me die in peace.

I embrace you in this new year, and I desire that you fulfill, more than your dreams, the reality that you are forging through work and study.

In resistance and struggle, your grandfather,

Querida Karina,

El pasado lunes cumplí 71 años. He entrado de lleno en una década donde nos llaman «viejos», pero me siento fuerte, contento de haber sido leal conmigo mismo. Como dice aquella famosa canción que cantaba Frank Sinatra: «What is a man? What has he got?»…
No creo que a esta edad valga la pena esconder nada ante mi conciencia ni ante mi pueblo. Menos ante ti, que eres mi única nieta.
Sé que todavía un buen número de compatriotas se pregunta por qué no acepté la oferta de conmutación de pena que recibí del presidente Bill Clinton en 1999. No ignoro que hay personas que han utilizado ese gesto mío para decir que merezco seguir en la cárcel.

Lo he explicado otras veces, pero quiero dejártelo escrito: cuando el presidente Clinton les ofreció el indulto o la conmutación de pena a unos cuantos presos políticos puertorriqueños, a mí me ofreció la libertad a cambio de diez años más en prisión, siempre que observara una buena conducta. Yo rechacé la oferta.
No quiero que pienses que actué a la ligera. Lo medité largamente: pensé en primer lugar en ustedes, en mi hija y en ti, y en el resto de la familia, mucha gente querida que se ha muerto sin volverme a ver. Pensé en mi país, en la dicha de regresar a mi San Sebastián del alma. Pensé también en las pequeñas cosas: los paseos que iba a poder dar, la comida que iba poder comer, el mar donde estaría nadando, el sol que me iba a calentar, y hasta el sonido de los aguaceros en la Isla. Nadie se imagina cuán diferente puede ser la lluvia entre un país y otro.

Pensé en todo, Karina, pensé hasta en mí mismo y en todo el tiempo que estaría preso. Me pregunté si no era un egoísmo que prevaleciera la conciencia. Pero al final eso prevaleció. Un hombre, aunque esté encerrado, debe tener el sagrado derecho de escoger.

Carlos y Haydeé, mis más queridos compañeros de lucha, habían sido excluídos de la oferta. Ambos significaban demasiado en mi vida. Habíamos luchado y crecido juntos; compartido tantas penas y alegrías y experimentado desafíos tan grandes, que se me hizo insoportable la sola idea de salir y dejarlos atrás. Desde niño me enseñaron a nunca dar la espalda a una injusticia y por ende a no dejar a nadie atrás. Ni siquiera en la guerra de Vietnam, lo digo con orgullo, abandoné a ningún compañero. Mucho menos hubiese abandonado a Carlos y Haydee.

Siempre he sido reservado y me cuesta expresar mis emociones. Pero todos esos años de nuestra juventud compartiendo ideas e ilusiones crearon un vínculo muy fuerte, de compromiso indestructible. La hija de ambos, también llamada Clarissa, nació en la clandestinidad. Yo miraba a aquella niña y se me rompía el corazón pensando en lo incierto de su futuro. Así que cuando supe que los habían capturado, juré que su suerte habría de ser mi suerte. De haber aceptado la oferta del presidente Clinton, yo hubiera salido en 2009. Pero cada uno de esos días de cada uno de esos meses de cada uno de esos años que me quedaban en prisión, habría estado sufriendo por haber aceptado una oportunidad que no les habían dado a ellos. A Haydeé la habían sentenciado a cadena perpetua, y todo hacía pensar que Carlos enfrentaba un futuro sombrío, puesto que era el único de nosotros que había estado en la «lista de los más buscados».
Hoy te aseguro que nunca me arrepentí ni he resentido el hecho de que ellos luego aceptaran la libertad bajo palabra. Me alegré en el alma y celebré que volvieran a su hogar. Desde la solidaridad, el compañerismo, el cariño que siempre nos tuvimos, cada cual hizo la decisión que creyó más apropiada. Ellos hicieron lo que entendieron que era mejor para sus vidas. Yo también hice lo que pensé que era mejor para la mía. En todo caso, hay que respetar estas decisiones que tomamos unos y otros, respondiendo a un momento politico, un momento de vida, o a un asunto de conciencia.

Sólo te pido, Karina, que nunca juzgues a los demás, ni tampoco descalifiques a ninguna persona por esas decisiones que toma de acuerdo a sus principios. En eso se basa la madurez de los seres humanos y su capacidad para crecer donde quiera que la vida los ponga: en la cárcel o fuera de ella. En mi caso la decisión de no aceptar aquella oferta me permitió vivir en paz. Y, como todos tenemos que morir, aunque yo nunca piense en eso, también, llegada la hora, me permitirá morir tranquilo.
Te abrazo en este nuevo año, y te deseo que se cumplan, más que tus sueños, la realidad de estudio y de trabajo que te estás forjando.

En resistencia y lucha, tu abuelo,
Oscar López Rivera

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